Mi razón de ser

Escucha...
¿Oyes el silencio?

Mira...
¿Ves la oscuridad?

Huele...
¿Percibes el dolor?

Toca...
¿Sientes el miedo?

Prueba...
¿Saboreas el amor?

Siente...
¿Te atreves a hacerlo?

Mis mininos

Búscate

21.11.12

Las apariencias engañan: ya no aguanto más

Llego por la mañana al instituto. Cabizbaja. Ausente. Triste. Destruida. Mi clásica sudadera me abriga del gélido frío mañanero.
-¡Hola, Mae! -saluda un compañero de clase.
-Hola -contesto sin mucha emoción-. ¿Qué tal?
-Bien... -el compañero observa mis ojeras y mi cara blancuzca-. ¿Te pasa algo? Tienes mala cara.
-No... Sólo estoy un poco cansada. Ayer estudié mucho.
Entro a clase a dejar mi carpeta mientras estiro las mangas de mi sudadera para ocultar las heridas de las manos. Anoche no dormí mucho. Estuve llorando.

*Lo que me gustaría que ocurriera:
-¡Espera! -me llama el compañero.
-Dime -contesto en voz baja metiendo las manos en los bolsillos.
El compañero mira alrededor para asegurarse de que no hay nadie, me agarra las manos y me remanga la sudadera. Mis heridas y mis cicatrices quedan a la vista. Como acto reflejo, sacudo las manos y vuelvo a estirar la sudadera hasta que me las vuelve a tapar. Fijo mi mirada en mis zapatos.
-Escucha -dice él-. Tú y yo no somos íntimos. Pero esas cosas -señala mis manos ocultas- las he visto anteriormente. Llevas años así. ¿Por qué te haces eso? Tú vales mucho más con la carne sana que cortada. No hagas eso: eres justo lo que debes ser. Si te sientes mal no lo pagues contigo. No mereces hacerte más daño del que ya debes recibir como para hacerte eso.

*Lo que en realidad ocurre:
El compañero se encoge de hombros. Durante el día se fija en mis cicatrices, las mira, pero no las ve. No me dice nada. Cuchichea con otras personas.
"Soy mierda. Sólo sirvo para preocupar. No sé por qué no me he matado todavía"


Las apariencias engañan: no estoy bien. Ayúdame por favor

Me encuentro en un salón lleno de gente. Las lámparas de araña penden del techo. Un vals suena por toda la estancia gracias a la orquesta. La gente baila, ríe y se divierte. Los largos vestidos danzan por la gran sala. En el centro, yo miro asustada a mi alrededor. Tengo miedo y siento tristeza.
Grito. Grito y grito hasta que se me rasga la garganta. Lloro. Y lloro, y lloro... Me arrodillo y continúo gritando y llorando en ese salón tan concurrido pero tan vacío a la vez.... Nadie me regala ni una mirada.
Tras calmarme, salgo a un balcón cercano. La luna ilumina las copas de los árboles con su trémula luz y sopla un viento frío pero agradable para mí. Entonces él, mi Wilham, se me acerca. Se ha fijado en mi cara congestionada.
-¿Te sucede algo?
-No, estoy bien

*Lo que me gustaría que ocurriera:
-No, no se te ve bien. No estás bien. Ven, sentémonos.
Me lleva hasta un banco de piedra cercano y, en lugar de decir nada, me abraza fuerte y me dice en voz baja: "llora". Y lloro como si no hubiera un mañana. Y, tras calmarme, me separa de sí y me dice:
-Llora en mi hombro siempre que quieres, siempre estaré para ayudarte.

*Lo que en realidad sucede:
-¿Seguro?
-Sí, seguro.
-Entonces, ¿por qué lloras?
-No sé.
-Pues que sepas que no hay quien te entienda -y se va.