Mi razón de ser

Escucha...
¿Oyes el silencio?

Mira...
¿Ves la oscuridad?

Huele...
¿Percibes el dolor?

Toca...
¿Sientes el miedo?

Prueba...
¿Saboreas el amor?

Siente...
¿Te atreves a hacerlo?

Mis mininos

Búscate

30.12.11

El silencio no es un color

El mundo está hecho de personas grises.
Personas grises con caras grises, sin expresión. Vestimentas grises, sin distinción. Pensamientos grises, sin opinión.
Todas estas personas grises están atrapadas en una jaula llamada "sociedad". Conviven conversando de temas grises, trabajando en cosas grises y viviendo en una ciudad gris.
El humo gris nubla su vista y no les deja ver más allá de sus propias manos grises. No ven que caminan sobre cadáveres y sangre gris. No ven que pueden encontrar color en su interior y eliminar el daltonismo del mundo.

El el mundo hay personas de color.
No son predominantes, pero sí distintas, entre todos y entre sí. Son personas de color con caras de color, con sonrisas, lágrimas; son personas que visten de un tono fosforescente, pero nunca igual, de todos los colores habidos e invisibles al ojo humano; personas con pensamientos en tres, cuatro y hasta cinco dimensiones de colores impensables.
Son estas personas coloridas las que corroen los barrotes de su existencia, se saltan la monótona rutina y viven por encima de las nubes, por debajo de la tierra y más allá de los confines del Universo.
Iluminan su alrededor como luciérnagas, brillan y disipan cualquier tipo de niebla, viendo todo: la maldad y la bondad, la justicia y la injusticia; ellos marcan la diferencia con una línea de un color inexistente en el arcoíris.

Sin embargo, las personas grises ansían la emoción que irradian las de color; las engullen y, desgraciadamente, muchas veces, alguien que pudiera ser distinto pasa a ser una aburrida y burda persona de color gris.

29.12.11

Noche en vela: corazón

Sin motivo alguno, corro.
Quiero cansarme, morirme de cansancio y olvidarme de todo.
Pero de repente, entre paso y paso, entre zancada y zancada, ocurre. Mi corazón pasa de unas ciento veinte pulsaciones por segundo a cero. Suelto un grito ahogado y me llevo las manos al pecho entre un indescriptible dolor interno. Caigo al suelo y me retuerzo. El corazón late cada dos segundos. Tan débil...
Sin embargo, y es lo peor, no pierdo la consciencia en ningún momento. Noto cómo mis músculos vibran y se convulsionan, cómo protestan por la falta de oxígeno hasta que se quedan inertes en el suelo. Me duele el pecho.
Entre tanto, mi cerebro, lejos de dejar de funcionar, enviando a duras penas impulsos a mi corazón para que siga moviéndose, divaga entre recuerdos. El empujón, el tirón del pelo, el bofetón, el labio roto, el suelo, el golpe en la nuca. Tantos recuerdos nefastos que convierten mi estado de ánimo en un cajón caótico de rabia, dolor, frustración, odio, infinita melancolía, impotencia, desagravio, pena, depresión. Las lágrimas se deslizan de nuevo por mis mejillas, por segunda vez en esta noche.
Noto cómo el diafragma comienza a fallarme y no entra aire en mis pulmones. El corazón no late más deprisa por impedirlo.
No hay nadie en la calle. Voy a morir y hasta eso lo voy a hacer completamente sola.
Pum. Pum. Pu-pum. Pum.

Noche en vela: acantilado

He caminado casi hasta la otra punta de la ciudad.
Paso la barandilla, piso la dura roca que hay detrás y me siento en ella. Oigo el viento susurrarme palabras incomprensibles en mi idioma. Oigo las olas romper, el acantilado retumbar debido a la fuerza de éstas. El viento me hace daño en los ojos y me arranca unas lágrimas. No son de verdad, en este momento me encuentro calma. No cuentan.
Sólo dejo que mis sentidos divaguen por sí solos, que mis ojos vean la espuma, mis oídos aprecien la cantidad de sonidos que allí encontraba, mi nariz perciba el salado olor a mar y mis manos noten el tacto áspero de las rocas.
Sin embargo, dentro estoy rota. Mi corazón hecho pedazos, mi alma podrida en un rincón, todo mi ser descuartizado y esparcido por en medio de la nada. Mis sentimientos aplastados, mis pensamientos reprimidos, mi voluntad enjaulada en una habitación sin fin. Sin puertas, ventanas ni paredes. Encerradas en un mundo de enfermedad, en una locura permanente, lacerante, ausente y presente a un tiempo. Encerrada me siento en un vals con la muerte.
Me levanto y me dirijo al borde del acantilado. Pienso en arrojarme a las puntiagudas piedras que hay al fondo.
"¿Qué pierdo?"
De pronto, me doy cuenta de una cosa, de quién pierdo y vuelvo atrás, asustada de mí. Vuelvo a la seguridad de detrás de la barandilla y echo a correr por la avenida. Quiero perderme por donde nunca haya estado.

Noche en vela: el tejado

Hoy me cuesta un poco subir.
Voy a un lugar al que suelo acudir cuando quiero pensar a solas. Es un techo de una casa al que puedo trepar fácilmente por una valla. Un lugar polvoriento, sí, pero tranquilo. Desde donde puedes observar a la gente y desde donde la gente te ve, pero no te mira, no se fija en ti.
Son cerca de las tres de la madrugada y no estoy en mi casa, ¿qué mejor sitio al que acudir?
Me tumbo en el polvoriento tejado y miro hacia la nada. En el cielo no brillan estrellas. ¿Nubes? No, contaminación lumínica.
¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunto. La verdad es que no lo sé. Estoy muy cansada, llevo bastantes horas sin dormir y un rato sin saber a dónde dirigirme. A dónde llevar mis pasos. Dónde dejar yacer mi alma.
Cierro los ojos dejando que un líquido salado ruede por mis mejillas. No estoy feliz. Tampoco triste. Simplemente, no hay nada. Cuando tu madre te da la espalda es como si dejara de existir tu vida.
Pasan muchas cosas por mi cabeza. Recuerdo a mi padre, una semana atrás; durmió sobre unas jodidas escaleras. ¿Dormiré yo en un techo polvoriento, abrigada por el frío, abrazada por la soledad? Si no sufriera insomnio, lo haría, seguro.
Me ataca el dolor. Ese dolor infinito e indescriptible que no sentía desde hacía mucho tiempo. Llevo un cúter en la mochila, ¿debería usarlo, abrirme tajos en la piel hasta no poder más, hasta sentirme cansada de ver la sangre salir poco a poco de mi cuerpo?
"Como lo vuelvas a hacer, te juro que no te vuelvo a hablar nunca" 
Sus palabras retumban en mi cabeza. No puedo.
Me atacan los sollozos cuando pienso: si le pierdo a él, lo pierdo todo. 
No puedo aliviar mi martirio ni sacarlo de mi cuerpo. Sólo quiero no haber existido nunca para no tener que morir ahora.

12.12.11

Flipando me quedé

-¿Cómo puedo compensarte todo lo que haces por mí?
+Sé feliz, eso me compensará.
-¡Noooo...! Tiene que haber algo más, dime.
+A ver si lo entiendes, ahora mismo me importa más tu felicidad que mi vida.

Tercer folio de mi cajita de sentimientos

Es diez de octubre, lunes.

Salgo del conservatorio toda emocionada esperando verle. ¿No estaba?
Me quedo tres segundos en la puerta parada, hasta que me doy cuenta de que estoy impidiendo el paso a la gente que quiere salir.
¡Ay, qué tonta! Iba a ir a buscarle yo, llegaba justo de tiempo.

Llego al parque, y tampoco estás.

Beep, beep. Móvil.

-Oui?
+¿Dónde estás? -es él.
-San Telmo.
+Yo en el conservatorio -contesta en tono socarrón.
-Sólo tres palabras: what the fuck.
+Ya ves, vine por la calle de arriba.
-Idiota. Voy para ahí -río y cuelgo

Llego al conservatorio y le abrazo fuerte, fuerte.
+Hoy te bajaré las nubes.
Me embarga la curiosidad, ¿qué se le ocurriría hoy?
Me lleva al parque, y de repente me doy cuenta de algo de lo que no me había percatado antes: de los árboles cuelgan pedacitos de papel en forma de nube. Uno a uno los voy bajando. Van formando un poema.
Después de leerlo y quedarme maravillada, nos sentamos.
+Tengo que decirte algo, y hay dos formas: la fácil y la chunga y complicada. ¿Cuál eliges?
-La chunga y difícil, por supuesto.
+¿En serio? ¿De verdad? ¿No te arrepientes?
-N...
Antes de que pueda decir "no", ya me ha besado.

9.12.11

Si tú saltas, yo salto.

Asciende conmigo, vuela, vuela, alto, muy alto...

5.12.11

¿Cómo contentarte?

No sé qué hacer. Me pide más de lo que puedo darle. A veces me gustaría dárselo todo, pero otras, simplemente, me corta con un gesto o una palabra o una retórica o lo que sea.
A veces me hace sentir mal. Muy pocas veces. Y yo sé que me quiere.
Aprenderá a tener más tacto, seguro. Segurísimo.
Me vuelve loca cuando me dice "te amo".